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Hace veinte años encontré mi Maestra en Renacimiento.
Nuestro primer encuentro fue breve: mientras ella preparaba sus maletas
para salir de Brasil nos quedamos conversando. Su simplicidad y
felicidad de vivir, su comprensión y aceptación me conmovieron y decidí
en ese instante que quería seguirla, aunque no supiera de las técnicas
que ella desarrollaba.
Yo ya defendía y practicaba otro nacimiento, un
nacimiento sin violencia tanto para la madre como para el niño, que
Frederik Leboyer rescató en la India para nuestra civilización
occidental y recordando siempre el “Grito Primal” de Janov, grito que
resonaba profundamente en mi pecho .
Hice varios talleres, me gradué y como me identifiqué
mucho con la técnica me quedé al lado de ella, especializándome cada vez
más. Mis vivencias, mis experiencias eran ricas en entendimientos y
enseñanzas, poder y sabiduría, después de tantos años de desgracia y
desánimo.
Respiraba, esforzándome mucho porque me sentía muy
limitada, aplastada en mi pecho; quería hacerlo bien. Levantaba los
brazos, estiraba la cabeza, procuraba abrir mi cuerpo a la respiración.
Respiraba mucho pero sentía que me faltaba aire y luchaba
procurando sensaciones fuertes, exagerando en el físico pero poco en
contacto con mis emociones y sentimientos. Luchaba como siempre luché en
mi vida, sin tener conciencia que daba evasión a mis iras, mis
insatisfacciones de lo que vivía. Quería rehacer un mundo mejor sin
cambiarme, no tenía conciencia que el mundo afuera era -- y es -- el
espejo de lo que guardaba dentro de mi como interpretación de lo que es
la vida. Ese mundo estaba lleno de violencia, de agresividad, de
carencia y falta de amor.
Respiraba mucho y estaba satisfecha por que sufría,
sufrir era el modelo que había tomado en esta vida. Repetía ese infierno
que había creado y en el cual vivía. Lo hacia sin sensibilidad, sin
ternura, según los patrones de defensa y protección que había
desarrollado frente a la vida: “La vida es difícil y sufrida”, “Hay que
luchar para conseguir algo”. Pero así también funcionaba.
Respiraba mucho y me quedaba siempre insatisfecha,
desgraciada, perseguida por otros patrones: “No sé”, “Soy incapaz”,
“Puedo hacerlo mejor”, “No es suficiente”, “No está bien hecho”.
Me entregue cada vez más en el proceso y me limpie, me
libere de esos patrones negativos que no me permitían ver y sentir AMOR
y LUZ en esta vida. Sentí de nuevo algunos de mis sufrimientos, de los
cuales puedo hablar hoy sin identificarme más con ellos. Me gustaba, nos
gustan nuestros sufrimientos, nuestras miserias, con las cuales fuimos
mimados, haciendo el papel de victima, cosas a las cuales nos apegamos.
Seguimos repitiendo estas miserias en la violencia de la vida cotidiana,
en la familia, en la sociedad. Defendemos el conocido por temor al
desconocido repitiendo la separación, el sufrimiento.
Las resistencias, los miedos que tenemos frente a lo
nuevo, a la vida, al placer, nos llevan al sufrimiento, creando
tensiones, limitaciones; preferimos el sufrimiento que ya conocemos y
repetimos a lo desconocido que nos puede traer alegría y bien estar, si
lo queremos. Tenemos vergüenza de nuestra alegría, buscamos rápido
volver a la “normalidad” de desgracia después de un momento de plenitud.
Nuestros patrones de respiración traducen esos miedos,
esos resentimientos y rencores que acumulamos. Cambiando de respiración,
apagamos esos registros mentales negativos que nos contraen y nos
impiden disfrutar, gozar de la vida. Abriendo nuestro corazón, nuestro
pecho, nuestra respiración al sufrimiento, aceptando sin resistencias
nuestras limitaciones, poniendo Amor y Luz en esos lugares oscuros de
nuestro Ser, liberamos esas memorias negativas que están registradas
dentro de nuestras células.
Me demoré en descubrir y reconocer mi océano de
tristeza, mi universo de abandono y desprecio, mi miedo a vivir y a
morir, mi inseguridad frente a la vida, que arrastro desde el momento en
que fui concebida. El desprecio fue tan profundo que nunca le di valor a
todo lo que me podía pasar, a lo que podía sentir, a lo que podía vivir.
La vida no tenía buen gusto, despreciaba la vida dentro de mi y andaba
como un fantasma en una realidad muy ficticia.
Me demoré en entender,
en experimentar y saber lo que era sentir y aceptar lo que me pasaba. Me
demoré en aceptar, en entregarme al placer de respirar. Me demoré en
sentir que respirar es vivir y que vivir es placentero. Me demoré en
entender el poder de la respiración. Entendí entonces que cuanto más
respiro con conciencia, más la vida se abre dentro de mi, más energía
tengo, más presente, atenta y consciente soy.....
Nírmala Loaec
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