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“Humildemente me esforzaré en amar, en decir la verdad,
en ser honesto y puro, en no poseer nada que no me sea necesario,
en ganarme el sueldo con el trabajo, en estar atento siempre a lo que como y bebo,
en no tener nunca miedo, en respetar las creencias de los demás,
en buscar siempre lo mejor para todos, en ser un hermano para todos mis hermanos."
 
En África del sur

El señor Baker estaba preocupado por mi futuro. Me llevó a la Convención Wellington. Los cristianos protestantes organizan reuniones con una frecuencia determinada de años para facilitar el esclarecimiento religioso o, dicho de otra manera, para auto purificarse. Se podría llamar a esto renovación o renacimiento religioso. La Convención Wellington era de ese tipo. El señor Baker espetaba que la atmósfera de exaltación religiosa de la Convención y el entusiasmo y la seriedad del público asistente me conducirían a abrazar el cristianismo.

La Convención era una asamblea de cristianos devotos. Me encantó la fe que sentían. Me di cuenta que muchos oraban por mí. Me gustaron algunos de

sus himnos: son muy dulces.

La Convención duró tres días. Alcancé a comprender y apreciar la devoción de los concurrentes. Pero no encontré ningún motivo para cambiar mis creencias, mi religión. Me era imposible creer que podría ir al cielo o alcanzar la salvación solo con volverme cristiano. Se lo dije así francamente a algunos buenos amigos cristianos y éstos se sintieron impresionados. No obstante, en esto no cabía ninguna ayuda.

Mis reparos eran profundos. Era más de lo que podía creer el que Jesús fuera el único hijo encarnado de Dios y que solo quien creyera en él tendría una vida perdurable. Si Dios podía tener hijos, todos nosotros éramos Sus hijos. Si Jesús era semejante a Dios -o Dios mismo- entonces todos los hombres eran semejantes a Dios y podían ser Dios mismo. Mi razón no estaba pronta a creer literalmente que Dios había redimido con su muerte y su sangre los pecados del mundo: quizá metafóricamente se encerrara allí alguna verdad. Además, de acuerdo con el cristianismo, solo los seres humanos tienen alma, de la que carecen los otros seres vivientes, por lo cual para éstos la muerte significaría la completa extinción. Mis creencias al respecto, en cambio, eran otras. Yo podía aceptar a Jesús en calidad de mártir, de encarnación del sacrificio, de maestro divino pero no como el hombre más perfecto que haya existido. Su muerte en la cruz fue un gran ejemplo para el mundo pero mi corazón, no podía aceptar que hubiera en ello ninguna virtud misteriosa o milagrosa. Las vidas piadosas de los

cristianos no me brindaban nada que no me dieran las vidas de los hombres de otras creencias. En esas vidas había visto las mismas conversiones que había

oído que ocurrían entre los cristianos. En los principios cristianos no había nada filosóficamente extraordinario. Desde el punto de vista de los sacrificios me parecía que los hindúes habían sobrepasado grandemente a los cristianos. Me resultaba imposible considerar al cristianismo como una religión perfecta o la más grande de todas las religiones. Siempre que se presentaba la oportunidad,

compartía este batido mental con mis amigos cristianos, pero sus respuestas no llegaban a satisfacerme.

21/12/2009  12:16 hs.

 


   
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