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El señor
Baker estaba preocupado por mi futuro. Me llevó a la Convención
Wellington. Los cristianos protestantes organizan reuniones con una
frecuencia determinada de años para facilitar el esclarecimiento
religioso o, dicho de otra manera, para auto purificarse. Se podría
llamar a esto renovación o renacimiento religioso. La Convención
Wellington era de ese tipo. El señor Baker espetaba que la atmósfera de
exaltación religiosa de la Convención y el entusiasmo y la seriedad del
público asistente me conducirían a abrazar el cristianismo.
La
Convención era una asamblea de cristianos devotos. Me encantó la fe que
sentían. Me di cuenta que muchos oraban por mí. Me gustaron algunos de
sus himnos:
son muy dulces.
La
Convención duró tres días. Alcancé a comprender y apreciar la devoción
de los concurrentes. Pero no encontré ningún motivo para cambiar mis
creencias, mi religión. Me era imposible creer que podría ir al cielo o
alcanzar la salvación solo con volverme cristiano. Se lo dije así
francamente a algunos buenos amigos cristianos y éstos se sintieron
impresionados. No obstante, en esto no cabía ninguna ayuda.
Mis reparos
eran profundos. Era más de lo que podía creer el que Jesús fuera el
único hijo encarnado de Dios y que solo quien creyera en él tendría una
vida perdurable. Si Dios podía tener hijos, todos nosotros éramos Sus
hijos. Si Jesús era semejante a Dios -o Dios mismo- entonces todos los
hombres eran semejantes a Dios y podían ser Dios mismo. Mi razón no
estaba pronta a creer literalmente que Dios había redimido con su muerte
y su sangre los pecados del mundo: quizá metafóricamente se encerrara
allí alguna verdad. Además, de acuerdo con el cristianismo, solo los
seres humanos tienen alma, de la que carecen los otros seres vivientes,
por lo cual para éstos la muerte significaría la completa extinción. Mis
creencias al respecto, en cambio, eran otras. Yo podía aceptar a Jesús
en calidad de mártir, de encarnación del sacrificio, de maestro divino
pero no como el hombre más perfecto que haya existido. Su muerte en la
cruz fue un gran ejemplo para el mundo pero mi corazón, no podía aceptar
que hubiera en ello ninguna virtud misteriosa o milagrosa. Las vidas
piadosas de los
cristianos
no me brindaban nada que no me dieran las vidas de los hombres de otras
creencias. En esas vidas había visto las mismas conversiones que había
oído que
ocurrían entre los cristianos. En los principios cristianos no había
nada filosóficamente extraordinario. Desde el punto de vista de los
sacrificios me parecía que los hindúes habían sobrepasado grandemente a
los cristianos. Me resultaba imposible considerar al cristianismo como
una religión perfecta o la más grande de todas las religiones. Siempre
que se presentaba la oportunidad,
compartía
este batido mental con mis amigos cristianos, pero sus respuestas no
llegaban a satisfacerme. |