|
Un filósofo dijo: “la vida es la adaptación a las
circunstancias exteriores”, y explicó que toda cosa
viviente muestra una tenacidad sorprendente en
mantenerse viva, creciendo, y adaptándose a las
condiciones en que tiene que vivir.
Esto es verdad en cuanto al reino vegetal y al reino
animal. Asombra ver como las mariposas, los insectos,
los animales poseen coloridos que los confunden con la
vegetación del paraje en donde viven. Suponemos que para
defenderse del hombre; la vida inteligente por si misma,
que emplea todos los medios para conservar a las
diferentes crías hasta que puedan defenderse ellas
mismas.
Pero esto no es correcto con respecto al ser humano,
puesto que el hombre ya ha trascendido todas las etapas
inconscientes, y ha desarrollado sus poderes latentes.
La Biblia
enseña que el hombre no tiene ninguna necesidad de
amoldarse a las condiciones en que nace, ni de
resignarse a ninguna cosa. Todo lo contrario, la
resignación, esa actitud que hasta ahora ha sido llamada
una virtud, es en realidad una ofensa contra la
inteligencia; es pereza mental y física; y va contra
todos lo impulsos instintivos del individuo. Claro está
que todo esto es debido a la ignorancia de la raza; y al
enterarse el hombre que el impulso de su alma es la voz
de Dios en él, ya deja de doblegarse y busca la manera
de dominar.
El doblegarse, o resignarse implica cobardía o por lo
menos la aceptación de que lo exterior posee poderes
superiores. Esto lo denomina el primer mandamiento
“idolatría”. No tendrás falsos dioses ante mi.
La Biblia
dice que el hombre tiene dominio sobre todas las cosas,
y esto hay que tomarlo en serio. No significa que nos
debemos de poner en rebeldía abierta, o sea,
físicamente; por ejemplo, contra una ordenanza oficial
que no nos guste, o alguna costumbre social establecida,
o contra algún deber moral o familiar porque sí, porque
nos de la gana de no seguir cumpliendo. Significa que
tenemos poderes mentales para transformar lo exterior, y
desarrollando nuestra naturaleza espiritual, no podremos
jamás actuar en forma arbitraria hacia los demás.
Nuestras acciones serían, entonces, siempre en bien de
todos, y de nosotros mismos por consiguiente.
Por se humanos y ya no animales o vegetales, poseemos
intuición, raciocinio y sentido común, o sea, la
sabiduría divina; y usando estas facultades, sabremos
que es lo que nos incomoda con respecto a la condición
del momento. El segundo paso es “conocer la verdad”, o
sea, meditar sobre la realidad espiritual que está
oculta detrás de la apariencia material, y ya con eso
basta para ver transformarse la apariencia, no importa
cual sea, ya que si ésta no depende de nosotros, y
parece justa y absurda, o inconveniente, la ley
espiritual con sus canales infinitos nos sorprende con
una solución que jamás se nos hubiera ocurrido.
La forma de desarrollar la naturaleza espiritual es
practicando la oración científica. Logrando, aunque no
sea sino una demostración, primero para convencernos de
esta verdad, luego para enseñarnos la técnica. Cada vez
que obtengas una demostración, sea para ti mismo o para
otro, ganas aumento de comprensión espiritual, y
aprendes más metafísica que en muchas horas de lectura o
de escuchar conferencias.
No pierdas tiempo tratando de contestar preguntas
teóricas o doctrinales. Cualquier conclusión sobre
éstas no será sino otro concepto intelectual más, y ya
sabes que el intelecto lo materializa todo.
Cura a alguien, o arregla una situación; has un
tratamiento afirmativo de comprensión divina y a los
pocos días te encontrarás comprendiendo perfectamente el
asunto teórico o doctrinal que te confundía, en lugar de
haber sacado un formalismo intelectual más.
No esperes comprender todo lo de Dios con sólo unas
cuantas semanas de estudio. Es inútil que un estudiante
de álgebra, por ejemplo, comprenda el teorema del
binomio, si no puede comprender una simple ecuación.
Aprende lo siguiente: SIEMPRE TENEMOS SUFICIENTE
COMPRENSIÓN Y SUFICIENTE PODER PARA DOMINAR LO QUE SEA
QUE ENTRE EN NUESTRAS VIDAS. La vida cuida a sus
crías. Ella no manda nada que esté por encima de
nuestras fuerzas, o más allá de nuestros poderes.
Siempre, siempre hay que usar la verdad que conocemos. |