|
No creo que podamos
comprender el complejo problema del amor hasta que comprendamos el
problema igualmente complejo al que llamamos mente. ¿Han notado,
cuando somos muy jóvenes, lo inquisitivos que somos? Queremos saber
y vemos muchas más cosas que las que ven los mayores. Si estamos
del todo despiertos, observamos cosas que los adultos ni siquiera
advierten. La mente, cuando somos jóvenes, es mucho más alerta,
curiosa y deseosa de saber. Por eso es por lo que aprendemos con
tanta facilidad matemáticas, geografía o lo que sea. A medida que
crecemos y nos volvemos adultos, la mente se cristaliza más y más,
se vuelve cada vez más densa, más lerda. ¿Han notado cómo las
personas de mayor edad están llenas de prejuicios? Sus mentes no
están abiertas, lo abordan todo desde un punto de vista fijo.
Ustedes ahora son jóvenes, pero si no están muy alerta, sus mentes
también se volverán así.
¿No es, entonces,
muy importante comprender la mente y ver si, en lugar de embotaría
poco a poco, pueden ustedes ser flexibles, capaces de ajustes
instantáneos, de extraordinaria iniciativa, de investigación
profunda y de comprensión en todas las etapas de la vida? ¿No deben
conocer las modalidades de la mente para comprender la naturaleza
del amor? Porque es la mente la que destruye al amor. Las personas
que son meramente ingeniosas, diestras, no saben qué es el amor
porque sus mentes, si bien agudas, son superficiales; viven en la
superficie, y el amor no es una cosa que exista en la superficie.
¿Qué es la mente?
No me refiero sólo al cerebro, al organismo físico que reacciona a
los estímulos mediante diversas respuestas nerviosas y acerca del
cual cualquier psicólogo puede hablarles. Más bien vamos a
averiguar qué es la mente. La mente que dice: "yo pienso", "esto es
mío", "me siento lastimado", "soy celosa", "amo", "odio", "soy
indio", "soy musulmán", "creo en esto y no creo en aquello", "yo sé
y tú no sabes", "yo respeto", "yo desprecio", "yo deseo", "yo no
deseo"... ¿qué es esta cosa? A menos que empiecen a comprenderlo
ahora y se familiaricen enteramente con todo el proceso del pensar
al que llaman la mente, a menos que estén por completo conscientes
de ese proceso en ustedes mismos, gradualmente, a medida que vayan
avanzado en años, se endurecerán, quedarán cristalizados, embotados,
fijados en cierto patrón de pensamiento.
¿Qué es esta cosa
que llamamos mente? Es el modo como pensamos, ¿no es así? Estoy
hablando de la mente de cada uno de ustedes, no de la mente de algún
otro: el modo como piensan y sienten, el modo como miran los
árboles, como miran a los pescadores, el modo como consideran al
aldeano. Nuestra mente, a medida que envejecemos, se pervierte o
queda fija en un patrón determinado. Queremos algo, lo anhelamos,
deseamos ser o llegar a ser alguna cosa, y este deseo establece un
patrón; o sea, que nuestra mente crea un patrón y queda presa en
él. El deseo cristaliza la mente.
Digamos, por
ejemplo, que quiero ser un hombre muy rico. El deseo de ser rico
crea un patrón, y entonces mi pensar queda atrapado en él; puedo
pensar únicamente en esos términos y no puedo ir más allá. Por lo
tanto, mi mente se cristaliza poco a poco, se endurece, se embota.
O, si creo en algo, en Dios, en el comunismo, en cierto sistema
político, esa creencia misma establece el patrón porque ella es el
resultado de mi deseo; y mi deseo refuerza los muros del patrón.
Poco a poco mi mente pierde su capacidad de rápido ajuste, de
penetración profunda, de verdadera claridad, porque estoy atrapado
en el laberinto de mis propios deseos.
Por lo tanto, hasta
que comencemos a investigar este proceso que llamamos la mente,
hasta que comprendamos nuestra propia forma de pensar y nos
familiaricemos con ella, no podremos descubrir qué es el amor. No
puede haber amor mientras nuestras mentes deseen del amor ciertas
cosas o le exijan que actúe de una manera determinada. Cuando
imaginamos lo que debe ser el amor y le damos ciertos motivos,
creamos gradualmente un patrón de acción respecto del amor; pero eso
no es amor, es meramente nuestra idea de lo que el amor debería ser.
Digamos, por
ejemplo, que poseo a mi esposa o marido, tal como ustedes poseen un
sari o una chaqueta. Si alguien les quitara la chaqueta estarían
ansiosos, irritados, furiosos. ¿Por qué? Porque consideran esa
chaqueta como su propiedad; la poseen y al poseerla se sienten
enriquecidos, ¿no es así? Mediante la posesión de muchas ropas se
sienten enriquecidos no sólo físicamente sino internamente; y cuando
alguien les quita la chaqueta se irritan, porque internamente se les
priva de ese sentimiento de riqueza, de esa sensación de poseer
algo. |