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Tal vez, la mayor
dificultad que debe afrontar el educador es la indiferencia de los
padres a una educación más amplia y profunda. La mayoría de ellos se
interesa solamente en el cultivo de algún conocimiento superficial que
asegure a sus hijos posiciones respetables en una sociedad corrupta.
Así que el educador no sólo ha de educar a los niños del modo correcto,
sino también ha de ver que los padres no deshagan lo que de bueno pueda
haberse hecho en la escuela. En realidad, la escuela y el hogar deben
ser centros mancomunados de educación correcta; de ninguna manera han de
oponerse entre sí, con los padres deseando una cosa y el educador
haciendo algo por completo diferente. Es muy importante que los padres
sean plenamente informados de lo que el educador está haciendo y se
interesen vitalmente en el desarrollo total de sus hijos. Es tanto
responsabilidad de los padres ver que esta clase de educación sea
llevada a la práctica, como de los maestros, cuya carga ya es
suficientemente pesada. Un desarrollo total del niño sólo puede
producirse cuando existe la correcta relación entre el maestro, el
estudiante y los padres. Como el educador no puede ceder a las
fantasías pasajeras o las obstinadas exigencias de los padres, es
necesario que éstos comprendan al educador y cooperen con él, sin
generar conflicto y confusión en sus hijos.
La curiosidad natural
del niño, el impulso de aprender existe desde el principio mismo, y sin
duda debe ser alentado inteligentemente de manera constante, a fin de
que se mantenga vital y sin distorsión alguna; ello habrá de conducirlo
gradualmente al estudio de una variedad de materias. Si esta avidez por
aprender es estimulada en el niño todo el tiempo, entonces su estudio de
las matemáticas, de la geografía, de la historia, de la ciencia o de
cualquier otra materia no será un problema, ni para el niño ni para el
educador. El aprendizaje se facilita cuando hay una atmósfera dichosa
de afecto y atenta solicitud.
La apertura emocional y
la sensibilidad pueden cultivarse únicamente cuando el estudiante se
siente seguro en la relación con sus maestros. El sentimiento de
seguridad es una necesidad primordial en los niños. Hay una diferencia
inmensa entre el sentimiento de seguridad y el sentimiento de
dependencia. Consciente o inconscientemente, la mayoría de los
educadores cultiva el sentimiento de dependencia y, por lo tanto,
alienta sutilmente el temor, lo cual también hacen los padres a su
propia manera, afectuosa o agresiva. La dependencia es producida en el
niño por las aseveraciones autoritarias o dogmáticas de los padres y de
los maestros acerca de lo que el niño debe ser y hacer. La dependencia
va siempre acompañada por la sombra del temor, y este temor obliga al
niño a obedecer, a amoldarse, a aceptar sin reflexión los edictos y las
sanciones de sus mayores. En esta atmósfera de dependencia queda
aplastada la sensibilidad; pero cuando el niño sabe y siente que está
seguro, su florecimiento emocional no se ve bloqueado por el temor.
Este sentido de
seguridad en el niño no es lo opuesto a la inseguridad. Implica que se
siente tan cómodo en la escuela como en su propia casa, siente que él
puede ser lo que es sin que lo fuercen en modo alguno, que puede subirse
a un árbol sin que lo reprendan si llega a caerse. Este sentido de
seguridad puede tenerlo sólo si los padres y los educadores están
profundamente interesados en el bienestar del niño.
Es importante que el
niño, en la escuela, se sienta tranquilo, completamente seguro desde el
primer día. Esta primera impresión es fundamental. Pero si el
educador, artificialmente, por diversos medios trata de ganarse la
confianza del niño y le permite hacer lo que a éste le plazca, entonces
está cultivando la dependencia, no le transmite al niño el sentimiento
de que está seguro, de que se encuentra en un lugar donde hay personas
hondamente interesadas en su bienestar total.
El propio impacto de
esta nueva relación basada en la confianza, relación que tal vez el niño
jamás había conocido antes, contribuirá a una comunicación natural en la
que el joven no considerará a los mayores como una amenaza a la que debe
temer. Un niño que se siente seguro tiene sus propios medios naturales
de expresar el respeto que es esencial para el aprendizaje. Este
respeto está despojado de toda autoridad, de todo temor. Cuando el niño
tiene este sentimiento de seguridad, su conducta o comportamiento no es
algo impuesto por los mayores, sino que se vuelve parte del proceso de
aprender. A causa de que se siente seguro en su relación con el
maestro, el niño será naturalmente atento; es sólo en esta atmósfera de
seguridad donde pueden florecer la apertura emocional y la
sensibilidad. Sintiéndose cómodo, seguro, el niño hará lo que le gusta;
pero al hacer lo que le gusta descubrirá qué es lo correcto, y su
conducta no se deberá entonces a la resistencia ni a la obstinación ni a
sentimientos reprimidos ni a la mera expresión de un impulso momentáneo.
La sensibilidad implica
ser sensible a todo lo que nos rodea: a las plantas, a los animales, a
los árboles, al cielo, a las aguas del río, al pájaro que vuela; y
también a los estados de ánimo de las personas a nuestro alrededor, al
extraño que pasa cerca de nosotros. Esta sensibilidad genera la
cualidad de una respuesta generosa, no calculada, que constituye la
verdadera moralidad y conducta. Siendo sensible, el niño tendrá una
conducta abierta y sin reservas; por lo tanto, una simple sugerencia por
parte del maestro será aceptada fácilmente, sin resistencia ni fricción
alguna.
Como estamos interesados
en el desarrollo total del ser humano, debemos comprender sus impulsos
emocionales, que son mucho más fuertes que cualquier razonamiento
intelectual; tenemos que cultivar la capacidad emocional y no contribuir
a reprimirla. Cuando comprendamos esto y, por consiguiente, seamos
capaces de tratar tanto con los problemas emocionales como con los
intelectuales, no habrá ninguna razón para temer abordarlos. |