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La belleza
forma parte de esta comprensión, pero la belleza no es meramente
un asunto de proporciones, forma, buen gusto y comportamiento.
La belleza es ese estado en el que la mente ha abandonado el
centro del yo, por la pasión de la sencillez. La sencillez no
tiene fin; y sólo puede haber sencillez cuando existe una
austeridad que no es el resultado de la disciplina calculada y
del renunciamiento. Esta austeridad es el olvido de sí mismo,
el cual sólo puede tener su origen en el amor. Cuando carecemos
de amor, creamos una civilización en la que se busca la belleza
de la forma sin la austeridad y vitalidad internas propias del
simple olvido de uno mismo. No hay tal olvido de nosotros
mismos si nos inmolamos en la ejecución de buenas obras, en
ideales, en creencias. Estas actividades parecen estar libres
del yo, pero en realidad el yo sigue operando bajo la cubierta
de diferentes rótulos. Sólo la mente inocente puede inquirir en
lo desconocido. Pero la inocencia calculada, que puede vestir
un taparrabo o la túnica de un monje, no es esa pasión del
olvido de sí mismo, desde el cual surgen la cortesía, la
delicadeza, la humildad, la paciencia, que son expresiones del
amor.
La mayoría de
nosotros conoce la belleza únicamente a través de aquello que ha
sido creado o producido: la belleza de una forma o de un
templo. Decimos que un árbol o una casa o la curva muy distante
de un río tienen belleza. Y por medio de la comparación sabemos
qué es la fealdad -al menos eso es lo que creemos-. ¿Pero es
comparable la belleza? ¿Es belleza aquello que se ha hecho
evidente, que se ha manifestado? Consideramos bella una pintura
en particular, decimos que un poema o un rostro son bellos
porque ya conocemos qué es la belleza merced a lo que nos han
enseñado o porque estamos familiarizados con ello y tenemos una
opinión formada al respecto. ¿Pero acaso con la comparación no
llega a su fin la belleza? ¿Es la belleza una mera familiaridad
con lo conocido o es un estado del ser en el que puede existir o
no la forma creada? |