|
No os preocupéis por el futuro, porque llegará un momento en que el
hombre sentirá necesidad de mirar al cielo, y entonces nuestros
descendientes empezarán a recordar todo lo que está pasando aquí, y será
de nuevo entre los pobres que surgirán mis palabras, y ellos sacarán a
la luz lo que tanto tiempo ocultaron las religiones, la justicia de
Dios..."
Yehoshuah de Nazerat |
|
El pacifismo de Yehoshuah
En ocasiones la gente buscaba al carpintero para que les curara sus
males y enfermedades físicas, pero el rabí siempre les decía que él
no era curandero ni médico; sin embargo, imponía cariñosamente sus
manos procurando aliviar el espíritu de aquella pobre gente.
En otra ocasión se le acercó un centurión pidiéndole ayuda para su
siervo; pero el rabí siempre hablaba claro sobre estas cosas, y en
aquella ocasión le dijo al centurión: –Tienes a tu siervo enfermo
y quieres que lo cure, pero yo no soy curandero, en todo caso haré
lo que pueda. Pero dime una cosa; tú eres un centurión, un militar,
y como tal estás al servicio del ejército; tú llevas la espada en la
mano, y cuando te lo ordenan la usas, ¿cómo es posible que ames a tu
siervo, que es tu prójimo, y no tengas reparo en usar armas que sólo
sirven para matar?.
El centurión, al escuchar al rabí se avergonzó y le dijo: –Es
cierto rabí que no soy digno de ayuda y en muchas ocasiones he
pensado en el trabajo que ejerzo; tengo a mis órdenes a mucha gente
que obedecen mis palabras y tengo poder para hacer cumplir la Ley,
pero me he dado cuenta de que nada sirven mis órdenes frente a la
enfermedad o frente a la propia muerte, y te confieso que me
encuentro totalmente perdido en estas cosas, por eso acudo a tí, no
por mí, sino por mi siervo al que respeto como si fuera de mi propia
familia.
El rabí se emocionó tanto de las palabras del centurión que le dijo:
–Si quieres que se cure tu siervo, continúa practicando el amor
al prójimo sin órdenes ni armas en la mano, porque lo que yo pueda
hacer por ese hombre lo puedes hacer tú, y todos los hombres y
mujeres sin excepción. Ve pues a tu casa, que es seguro que si
actúas bien, tu siervo se sanará, porque el amor contiene más fuerza
espiritual que las palabras. |