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Los amigos obreros que seguían a Yehoshuah comprendían que el
mensaje pacífico de justicia y bondad humana que el carpintero
predicaba era algo muy sencillo de vivir, tanto que con el paso del
tiempo se convirtió en el único tema de discusión entre ellos.
Hubo quienes perdiendo el miedo, y hablando abierta-mente del rabí,
incluso dentro de las propias sinagogas, fueron públicamente
reprendidos por los mismos sacerdotes. –Yehoshuah, –le
dijeron unos fariseos al carpintero, estando en Betnania en el
entierro de su amigo Lázaro– hemos encontrado que los que te
siguen, no dejan de hablar de tí y de tu ideas aún dentro de la
sinagogas; repréndeles, porque esto que hacen lo prohíbe la ley.
Pero en aquella ocasión el rabí, con lágrimas en los ojos por el
recuerdo de su amigo, dijo a los fariseos: – ¿Cómo es posible que
seáis tan ciegos e ignorantes, y no reconozcáis la verdad tan
sencilla como es?. Es por vuestra culpa que clamamos los pobres;
porque, como a Lázaro, habéis enterrado en vida a miles de “Lázaros”
en Israel; vosotros sacerdotes, habéis convertido la tierra en un
cementerio viviente, lleno de muertos que entierran a sus muertos;
pero cuando algunas de estas personas, por fin, salen de sus tumbas
y vuelven a la vida con unas palabras de aliento, aun queréis
taparles la boca, ¿cómo pretendéis que los pobres nos callemos estas
cosas, si hasta las piedras que estáis pisando claman justicia?.
Pero las amenazas de los sacerdotes hacia el rabí continuaron
creciendo, cada vez que surgía alguna discusión pública con él.
La pascua del judío carpintero
En una ocasión, el carpintero quiso celebrar la Pascua y junto a su
familia, hijos y amigos, realizando el rito judío de la celebración
e imponiendo sus manos a cuantos se encontraban en la casa.
–Rabí, háblanos del significado de la Pascua– le decían sus
seguidores al acabar el rito.
Aquel día, Yehoshuah, como un padre enseñando a sus hijos la
historia oral de su pueblo, empezó el haggadá, narrando el Pésaj o
Pascua judía, de esta manera:
–Cuando nuestros antepasados eran esclavos en Egipto, soñaban que un
día alcanzarían la libertad, y esto les mantuvo unidos hasta que
fueron expulsados al desierto. Pero cuando llegaron a esta tierra,
de nuevo volvieron a separarse entre ricos y pobres, y como en
Egipto, los más poderosos crearon jerarquías religiosas para dominar
a los más débiles, y desde entonces, en esta tierra se está
pisoteando la única ley de Dios, el amor al prójimo.
Pero el hombre ha de buscar ser libre, no sólo del físico, sino
también espiritualmente, y esto no lo encontrará a través de las
armas y las guerras; el hombre alcanzará su verdadera libertad,
cuando experimente que en su interior es más fuerte el amor que el
odio, cuando experimente la auténtica paz de Dios, o sea, cuando
viva en bondad.
Para ello, tratad de no ambicionar ni odiar a nadie, trabajad para
comer y no ser carga para nadie, vivid sencillamente, en paz, y
seréis realmente libres; no olvidéis que es mejor comer pan con
aceite en armonía, que tener la mesa llena de comida y no tener la
conciencia tranquila, no tener paz.
Yo os trato de enseñar mi paz, de daros mi paz, no como el mundo la
impone a base de armas y diferencias humanas, sino como nos la da
Dios a todos los hombres, con amor, e incluso a los que se
consideren vuestros enemigos. Tened en cuenta que el amor es la
mejor expresión de amistad, y no hay mayor amistad en esta tierra,
que la de aquel que da su vida por los amigos, y vosotros sois mis
amigos; más un amigo de verdad, jamás abandona a otro amigo.
Simón se emocionó por las palabras de Yehoshuah y le dijo: –Rabí,
sabes que también nosotros somos tus amigos y que nunca te
abandonaremos, pase lo que pase, por lo menos yo. –Ya lo sé Simón,
–le dijo Yehoshuah al pescador–, sé que tu amistad es fuerte,
pero tu sabes mejor que nadie, que de no agarrarse bien al timón
cuando hay temporal, uno puede caer de la barca en menos que canta
un gallo. Y Simón calló.
Pero el rabí continuaba diciendo: –Hasta el momento habéis
escuchado ejemplos y parábolas de un hombre, de un carpintero, de un
pobre como vosotros, pero llegará un día en el que ya no serán
palabras las que escuchéis de esta boca, sino que será el propio
Espíritu el que nacerá en vosotros, y guiará vuestros hechos y
vuestra vida, como un hijo llena de alegría a la madre una vez
pasado el dolor del parto.
Pero esto sirve para todos los seres humanos que tratan de vivir al
Espíritu, todos somos hijos del mismo Padre y todos somos en
potencia apóstoles, sacerdotes y profetas de nuestro Creador Dios.
Ya os he dicho en muchas ocasiones que podéis aprender de mí si eso
os sirve, pero lo importante es que tratéis de vivir al Espíritu
dentro de vosotros mismos como trato de vivirlo yo, y como lo han
vivido los profetas durante siglos; no olvidéis que Dios es
infinitamente sabio y es el único que directamente puede enseñarnos
las cosas que debemos saber, Él es el único que puede consolar
nuestro corazón, cuando llegan los malos tiempos.
–Rabí, ¿por qué dices cuando llegan los malos tiempos?,
–le decían sus amigos–, ¿acaso ves algo más que nosotros no
vemos?.
–Os he hablado de practicar la bondad y de vivir en amor los unos
con los otros, pero también de ser prudentes, porque como ovejas en
medio de lobos hemos venido a este mundo, y aunque formamos parte
del mundo, ruego al Padre que os guarde de él.
Padre
–decía el rabí emocionado, casi llorando delante de sus amigos–,
así como tú y yo somos una cosa, que estos que me has dado por
amigos y están conmigo hasta el día de hoy, comprendan que ellos
también son una sola cosa con nosotros, como una cosa han de ser
todos los hombres del mundo. Padre, tú que eres justo, haz que la
tierra sepa de tu justicia y que esta sea tu voluntad. |