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El hombre rico se enfadó tanto de la desconfianza de aquel empleado
que le quitó todo el dinero e hizo que lo entregaran a quien había
producido diez veces más; y llamando a todos sus empleados les dijo:
“A partir de este momento, aquel que más produzca, más obtendrá, y
el que produzca menos, lo poco que tenga se le quitará”. Y despidió
a cuantos habían dudado de su palabra.
Cuando acabó de contar la parábola, el rabí dijo a quienes le
escuchaban: –Ahora, decidme vosotros, ¿qué habéis entendido?.
–Maestro –dijo uno–, yo he entendido que no es justo que un
hombre se haga rico a costa del trabajo de otro hombre–. Con las
palabras de aquel seguidor empezó una fuerte discusión, pues los
había que defendían al rico y otros a los pobres, a los obreros. Uno
de ellos se dirigió de nuevo al carpintero y le dijo:
–Rabí, hemos oído que en Galilea hablabas de repartir la comida y de
tener todos los hombres las cosas en común, ¿no es esto lo que
quieres decirnos con la parábola?.
–Veo que no me habéis entendido del todo, pero os aclararé más la
cosa
–dijo Yehoshuah–. Es cierto que debemos ayudarnos los unos a los
otros y también es cierto que debemos ganarnos el pan con nuestro
esfuerzo y no con el esfuerzo de los demás hombres como he dicho
estos días en Jerusalem; nadie tiene derecho de hacerse rico a costa
del trabajo y sudor de los pobres.
Pero pensemos por un momento. Si un hombre es rico, sea judío o no,
ama la justicia y quiere respetar la ley de Dios que es el amor al
prójimo, no tiene más remedio que repartir entre sus obreros el
beneficio del trabajo que ellos producen; sólo así se estará
acercando al reino del Mesías que es justicia para todos; lo otro no
es más que robar.
Pero si un hombre, sea judío o no, es pobre y quiere seguir siendo
honrado, nada debe temer en decir aquello que piensa y siente, si el
único fin de sus palabras es el de no engañar ni ser engañado; no
olvidemos que la verdad es lo único que nos hace a todos libres, no
las mentiras y el miedo, que acaban por convertirnos a todos en
esclavos.
Zaqueo se levantó emocionado por las palabras de Yehoshuah, y con el
corazón abierto habló del rabí delante de aquella gente pobre
diciendo: –Hace unos días escuché en Jerusalem las palabras del
rabí Yehoshuah que decían: “lo que no quieras para tí no lo desees a
los demás” y me dieron mucho que pensar. Nunca había oído hablar con
tanta justicia, dignidad y sensatez a un hombre pobre como él, ni en
Jericó ni tampoco en Jerusalem.
Todos me conocéis y sabéis que mi trabajo es recaudar impuestos,
pero también habéis comprobado que procuro ser lo más justo posible;
por eso, de saber que he defraudado a los más pobres, podéis estar
seguros de que le devolveré cuadruplicado lo defraudado; no sé si
esto es justicia o no, lo único que sé es que a causa de tu estatura
rabí, y porque eres como los demás hombres, hoy he tenido que subir
a una higuera para encontrarte entre la gente. Después de hablarnos
a todos con sabiduría de la justicia y del Espíritu, creo firmemente
que tus palabras son lo más grande que ha pasado en Israel desde que
cayeron las murallas de Jericó, y doy gracias al Dios de nuestros
padres por tenerte hoy en mi casa.
De nuevo volvió a producirse en la casa aquel silencio de la
montaña, y después de unos segundos, el carpintero dijo al
publicano: –Podéis estar seguros amigos de que no estamos
reunidos hoy en esta casa por casualidad; las cosas del Espíritu son
muy sencillas, pero también muy profundas. Como he dicho en muchas
ocasiones, la verdad nos hace a todos libres, y hoy en Jericó, como
en muchos lugares de Israel, es la verdad la que hace temblar los
muros de la injusticia humana en boca de los pobres.
Pero no olvidemos que lo único que nos hace verdaderamente libres es
la verdad, que es el Espíritu, no las guerras contra los hombres. Si
ponemos los cimientos de la verdad dentro de nosotros mismos, iremos
edificando el mundo de justicia e igualdad que deseamos; y esta es
la verdadera fortaleza del Espíritu, y no los templos y las murallas
de piedra que al final el tiempo acaba por destruir. |