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Armonizando Rosario > Jesús

No os preocupéis por el futuro, porque llegará un momento en que el hombre sentirá necesidad de mirar al cielo, y entonces nuestros descendientes empezarán a recordar todo lo que está pasando aquí, y será de nuevo entre los pobres que surgirán mis palabras, y ellos sacarán a la luz lo que tanto tiempo ocultaron las religiones, la justicia de Dios..."

Yehoshuah de Nazerat

 

EL EVANGELIO POBRE DE YEHOSHUAH DE NAZERAT  (Jesús de Nazaret)

JOSÉ J. MÉNDEZ – CAYETANO MARTÍ  Palma de Mallorca, año 2000

Subir a una higuera para ver al Maestro 2° parte

 

El hombre rico se enfadó tanto de la desconfianza de aquel empleado que le quitó todo el dinero e hizo que lo entregaran a quien había producido diez veces más; y llamando a todos sus empleados les dijo: “A partir de este momento, aquel que más produzca, más obtendrá, y el que produzca menos, lo poco que tenga se le quitará”. Y despidió a cuantos habían dudado de su palabra.

Cuando acabó de contar la parábola, el rabí dijo a quienes le escuchaban: –Ahora, decidme vosotros, ¿qué habéis entendido?. –Maestro –dijo uno–, yo he entendido que no es justo que un hombre se haga rico a costa del trabajo de otro hombre–. Con las palabras de aquel seguidor empezó una fuerte discusión, pues los había que defendían al rico y otros a los pobres, a los obreros. Uno de ellos se dirigió de nuevo al carpintero y le dijo:

–Rabí, hemos oído que en Galilea hablabas de repartir la comida y de tener todos los hombres las cosas en común, ¿no es esto lo que quieres decirnos con la parábola?.

–Veo que no me habéis entendido del todo, pero os aclararé más la cosa –dijo Yehoshuah–. Es cierto que debemos ayudarnos los unos a los otros y también es cierto que debemos ganarnos el pan con nuestro esfuerzo y no con el esfuerzo de los demás hombres como he dicho estos días en Jerusalem; nadie tiene derecho de hacerse rico a costa del trabajo y sudor de los pobres.

Pero pensemos por un momento. Si un hombre es rico, sea judío o no, ama la justicia y quiere respetar la ley de Dios que es el amor al prójimo, no tiene más remedio que repartir entre sus obreros el beneficio del trabajo que ellos producen; sólo así se estará acercando al reino del Mesías que es justicia para todos; lo otro no es más que robar.

Pero si un hombre, sea judío o no, es pobre y quiere seguir siendo honrado, nada debe temer en decir aquello que piensa y siente, si el único fin de sus palabras es el de no engañar ni ser engañado; no olvidemos que la verdad es lo único que nos hace a todos libres, no las mentiras y el miedo, que acaban por convertirnos a todos en esclavos.

Zaqueo se levantó emocionado por las palabras de Yehoshuah, y con el corazón abierto habló del rabí delante de aquella gente pobre diciendo: –Hace unos días escuché en Jerusalem las palabras del rabí Yehoshuah que decían: “lo que no quieras para tí no lo desees a los demás” y me dieron mucho que pensar. Nunca había oído hablar con tanta justicia, dignidad y sensatez a un hombre pobre como él, ni en Jericó ni tampoco en Jerusalem.

Todos me conocéis y sabéis que mi trabajo es recaudar impuestos, pero también habéis comprobado que procuro ser lo más justo posible; por eso, de saber que he defraudado a los más pobres, podéis estar seguros de que le devolveré cuadruplicado lo defraudado; no sé si esto es justicia o no, lo único que sé es que a causa de tu estatura rabí, y porque eres como los demás hombres, hoy he tenido que subir a una higuera para encontrarte entre la gente. Después de hablarnos a todos con sabiduría de la justicia y del Espíritu, creo firmemente que tus palabras son lo más grande que ha pasado en Israel desde que cayeron las murallas de Jericó, y doy gracias al Dios de nuestros padres por tenerte hoy en mi casa.

De nuevo volvió a producirse en la casa aquel silencio de la montaña, y después de unos segundos, el carpintero dijo al publicano: –Podéis estar seguros amigos de que no estamos reunidos hoy en esta casa por casualidad; las cosas del Espíritu son muy sencillas, pero también muy profundas. Como he dicho en muchas ocasiones, la verdad nos hace a todos libres, y hoy en Jericó, como en muchos lugares de Israel, es la verdad la que hace temblar los muros de la injusticia humana en boca de los pobres.

Pero no olvidemos que lo único que nos hace verdaderamente libres es la verdad, que es el Espíritu, no las guerras contra los hombres. Si ponemos los cimientos de la verdad dentro de nosotros mismos, iremos edificando el mundo de justicia e igualdad que deseamos; y esta es la verdadera fortaleza del Espíritu, y no los templos y las murallas de piedra que al final el tiempo acaba por destruir.

21/12/2009 09:17hs.

 


   
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