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Las palabras y la forma de actuar del carpintero de Nazerat eran
motivo de conversación entre muchos de los pobres de Israel, pero
también algunos ricos trataban de entender al nazareno, aunque sus
enseñanzas les resultaban fuertes de digerir.
En una ocasión, un tal Zaqueo, que ya había escuchado a Yehoshuah en
Jerusalem, quedó tan entusiasmado por sus palabras, que le rogó que
viniera a su casa, en Jericó; pero cuando el rabí llegó a la antigua
ciudad, había tanta gente en el mercado, que Zaqueo no tuvo más
remedio que subirse a un sicomoro para verlo venir al tiempo que
gritaba su nombre. Pero aún así seguía sin verlo, hasta que el rabí,
colocándose bajo el árbol, le gritó: –Zaqueo, estoy aquí, ya
puedes bajar del árbol. Y el hombre, bajando del árbol, abrazó
al rabí y a su familia y marcharon a su casa a descansar.
Pero no poca gente rica que escucharon gritar al publicano el nombre
de Yehoshuah de Nazerat se
sorprendieron de que un hombre de posición como Zaqueo invitara a
aquél simple nazareno de Galilea.
Pero Yehoshuah de Nazerat como hombre espiritualmente libre, poco
caso hacía de las habladurías y de las críticas que sobre el hacían,
sobre todo los ricos y religiosos de Israel. Aquella tarde, y a
pesar de dichas críticas, la casa del publicano Zaqueo se llenó de
gente pobre que esperaban ansiosos escuchar las palabras del rabí; y
el obrero carpintero les hablaba con ejemplos y parábolas como esta:
–Un hombre rico tuvo que ausentarse de su casa durante un tiempo
para arreglar unos negocios, pero a pesar de que era estricto,
también era justo, y antes de irse llamó a sus diez empleados y les
dijo: “Tomad este dinero, encargaos vosotros de mis bienes, y
procurad que den riqueza para que nada se pierda”.
El hombre era odiado por otros ricos que no veían bien esa
confianza, pero también mal temido por algunos de sus empleados que
se dejaban llevar por el temor y las habladurías. Cuando regresó del
viaje lo primero que hizo fue llamar uno a uno a sus empleados para
pasar cuentas; el primero le devolvió diez veces el dinero prestado
y el rico le dió autoridad sobre diez de sus negocios; el segundo le
devolvió cinco veces el valor del dinero prestado y el hombre en
agradecimiento le dio autoridad sobre cinco de sus negocios y así
sucesivamente todos entregaron su trabajo y fueron recompensados.
Pero uno sus empleados se presentó delante de él y le entregó el
mismo dinero prestado dentro de un pañuelo y le dijo: “Señor, tuve
miedo de perder el dinero y lo guardé”. Entonces el hombre le
preguntó el por qué, y el empleado le contestó: “Porque la gente
dice que eres un hombre severo, que robas lo que no es tuyo y
recoges cosas que tú no has sembrado y he temido que hicieras lo
mismo conmigo”. Entonces el hombre le contestó:
“¿Y por qué me lo dices ahora?. Tú ya sabías que yo era un hombre de
negocios cuando te dí el dinero y tecallaste, un dinero que procuro
administrar aunque no lo haya trabajado. Si tenías tal idea formada
de mí, ¿por qué no has sido sincero desde el principio y me has
dicho lo que pensabas, así yo hubiera invertido el dinero en otro
lado y habría dado intereses durante todo este tiempo que he estado
ausente?. |