|
La
bondad atea de un samaritano
Un
sábado, rodeado Yehoshuah de sus amigos y de gente del pueblo que le
escuchaba, les hablaba y les decía: –Bienaventurados los pobres
que estáis hoy aquí y alegraos de oír lo que se está hablando hoy
aquí; porque muchos profetas y reyes desearon ver y oír lo mismo que
vosotros, y sin embargo ellos ni vieron ni oyeron por estar cerrados
al Espíritu de nuestro Padre Dios, y demos gracias a nuestro Creador
de que estas cosas las guarde de los sabios y entendidos y nos las
revele a los pobres, a todos aquellos que tratamos de estar en sus
sabias manos.
Un
estudioso de la Ley que estaba entre la gente, le preguntó:
–Rabí, según tus palabras, los que estudiamos las escrituras estamos
ciegos, entonces según tú, ¿Qué debemos hacer para entrar en el
reino de Dios?.
Y
Yehoshuah le dijo: –¿Estudiáis la Ley de los profetas y las
escrituras y no sabéis como debéis actuar?, ¿acaso no os han
enseñado cual es el mayor de los mandamientos escritos?.
Y
el docto en la Ley contestó: –Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con todas tus fuerzas y con todo tu entendimiento y al
prójimo como a uno mismo. Y Yehoshuah le dijo: –Así es.
Pero el levita, estudioso de la Ley, herido en su orgullo le volvió
a preguntar: –Pero, ¿quién es mi prójimo?.
Y
el carpintero que veía las intenciones del religioso dijo: –Para
que me entendáis todos, os contaré una historia. Un hombre bajaba a
Jericó desde Jerusalem, y en el camino le asaltaron unos ladrones
que le robaron todo lo que tenía, lo desnudaron y lo dejaron mal
herido en el camino. Estando el pobre hombre agonizando, bajaba por
el lugar un sacerdote que al verlo se asustó y pasó de largo. Lo
mismo hizo un levita que al estar cerca de aquel hombre lo miró con
desprecio y se fue dejándolo tendido en el suelo.
Pasaba por el camino un samaritano que solía hacer aquella ruta, y
al ver al pobre hombre tirado en el suelo tuvo compasión de él y lo
recogió, vendó sus heridas después de limpiarlas con aceite y vino y
lo montó en su asno hasta llevarlo a un mesón donde cuidó de él. Al
día siguiente el samaritano partió del mesón hacia su trabajo, pero
antes dio dos denarios al posadero y le dijo: –Cuida de este hombre
y dale todo lo que necesite para que se recupere, y yo al venir te
pagaré los gastos.
Al
acabar la parábola Yehoshuah se dirigió al doctor de la Ley y le
dijo: –Y yo te pregunto a tí, como estudioso de las escrituras y
de la Ley, ¿cuál de estos tres hombres crees que fue el prójimo para
aquella pobre víctima de los ladrones?.
Sonriendo, el docto contestó: –El samaritano, ya que fue el único
que tuvo misericordia; pero Yehoshuah le dijo: –Con esto
queda contestada tu pregunta, ahora falta que tú, como estudioso de
la Ley, practiques lo
mismo que hizo el samaritano, y no te enredes tanto con la letra, ¿o
no te das cuenta de que la letra mata y sólo el Espíritu es el que
da vida?.
La
razón y la justicia no siempre es del agrado de todos, sobre todo de
los sacerdotes y de la gente rica que se oponía al carpintero por
las cosas que hablaba; pero al ver que no podían vencer sus
palabras, trataban de comprarlo.
Las organizaciones religiosas han escondido este hecho para no
evidenciar lo que ellas mismas han estado haciendo a través de la
historia infundiendo a las gentes sentimientos de culpa con la
llamada tentación; pero la realidad es que el clero judío intentó
durante la vida del carpintero comprar su silencio y apropiarse de
sus ideas a cambio de dinero y poder, la llamada simonía.
En
mi caso, recuerdo que trabajando de yesero, llegaron a desfilar por
mi casa rabinos, sacerdotes católicos, monjas, frailes, testigos de
Jehová y pastores evangélicos, todos en momentos diferentes y en
ocasiones laboralmente difíciles, pero con el mismo objetivo que
tuvieron los rabinos con Yehoshuah, comprar mi silencio.
Recuerdo que hasta el mismo obispo católico, en la época franquista,
vino a mi casa en el Camp Redó estando enferma mi madre y con la
excusa de darle la extremaunción. Pero en Palma, en aquella época
pequeña y cerrada como un pueblo, se sabía que el xueta Cayetano
Martí, desde la edad de 14 años hacía reuniónes en su casa para
hablar del rabí; sobre todo lo sabían los jesuitas, que intentaron
convencer a mi madre para internarme en un seminario, pero no lo
consiguieron. Esa misma religión que años más tarde me ofrecía
buenos puestos para dejar de trabajar de yesero, trabajos fáciles de
hacer pero en los que tenía que callarme la boca y dejar de hablar
del carpintero, del bon Mestre, como le decimos en mi familia a
Yehoshuah de Nazerat. ¡Pero no!, ¡Yo no me vendo por un plato de
lentejas!, he dicho siempre a todos.
Pero la censura, encargada de esconder la manipulación que se
realiza de la historia humana, también se ha encargado de ocultar el
resurgir de las enseñanzas libres del rabí, que algunos
descendientes hemos conservado a través de esa misma historia, en
ocasiones terrible, sobre todo de Mallorca (persecuciones, gueto,
hogueras en la Plaza Gomila, inquisición y autos de fe en el
convento de Santo Domingo, etc.), a pesar de que las autoridades,
Vaticano de Roma, incluso los mismos reyes de España que residen en
el llamado Palacio de Marivent de la capital, estén informados de
esta realidad social y cultural de Mallorca. La complicidad y el
silencio implica al poder en todo el mundo cuando la verdad se quita
el manto de la opresión, se libera y denuncia, a pesar de los
intentos por ocultar dicha historia humana, ¿hasta cuando el poder
religioso podrá oprimir la conciencia?; el tiempo y la razón común
lo dirá. |