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Entre
el ayuno y el amor
Pero
la gente pobre estaba con el rabí y con el estímulo de sus palabras, y
cuando Yehoshuah hablaba de acabar con la enfermedad, pero no con el
enfermo, era para dar a entender que todos somos en mayor o menor medida
enfermos en lo espiritual, dando a entender así que más importante es la
misericordia humana, que los sacrificios impuestos por la religión, sea
cual sea.
Estando en Caná, un día se formó una discusión con los sacerdotes por
causa del ayuno; estaban con el rabí algunos que habían sido seguidores
de Yokanaán que, confusos por los sacerdotes preguntaron a Yehoshuah el
por qué él y sus seguidores no lo practicaban. El rabí les ponía
ejemplos sencillos para que comprendieran y les decía: –¿Qué padre se
alegraría de ver que su hijo deja de comer para ganarse así su
simpatía?, ninguno; un buen padre solo aconsejaría dejar de comer a su
hijo en caso de enfermedad, pero nada más. Y si un padre no quiere que
su hijo haga sacrificios por él, ¿por qué creéis que nuestro Padre Dios
nos exige el ayuno y el
sufrimiento para agradarle?.
Los
pobres no debemos avergonzarnos de lo que comemos, porque digno es el
obrero de su salario y de su sustento; los que deben avergonzarse son
aquellos que, siendo jóvenes buscan la religión para comer sin trabajar
y luego hacen largos ayunos delante de la gente para lavar su
conciencia, creyendo que así agradan a Dios. A Dios no se le honra más
ayunando o sacrificando el cuerpo, sino practicando la justicia y la
paz; y podéis estar seguros que quien vive dentro de si estas cosas, no
teme a nada, ya el Espíritu de nuestro Padre Dios está en todo hombre y
mujer para guiarle a cada momento.
Y
cuando vive el Espíritu en nosotros, tenemos alegría y no tristeza, es
como ir a una boda; a nadie se le ocurre ir de luto a una boda, porque
todos sabemos que una boda es alegría y no tristeza como es la muerte de
un ser querido.
Seguir
normas y costumbres religiosas y estar con Dios es imposible, por eso os
digo que os es necesario nacer de nuevo en el Espíritu y dejar de una
vez por todas los ritos y las ceremonias religiosas; a nadie se le
ocurre poner un remiendo de tela nueva en un vestido antiguo, porque el
vestido acabará desgarrándose; y a nadie se le ocurre meter vino nuevo
en odres viejos, porque el nuevo llegará a corroer el cuero viejo y todo
el vino acabará perdiéndose. Cada cosa tiene su lugar; quien bebe del
vino añejo y lo saborea, no va a buscar el nuevo porque sabe que el
añejo es mejor.
En las
cosas de Dios, quien tiene el Espíritu, quien tiene el aliento de Dios
en él mismo, no va a buscarlo en los templos, ni se sacrifica con ayunos
religiosos; quien tiene el Espíritu, practica el amor con los demás
seres humanos. “Misericordia quiero y no sacrificios”, dice el Señor.
Al
acabar de hablar el rabí, unos y otros empezaron a discutir
acaloradamente sobre el ayuno, y en medio de aquél grupo de gente había
una mujer que quería acercarse a Yehoshuah para contarle su problema,
pero la gente se lo impedía. Entonces la mujer se agarró fuertemente al
vestido de Yehoshuah, y este, sintiéndose atrapado, gritó alto:
–¡¿Quién me ha tocado?!. Simón se giró al rabí y le dijo
sorprendido: –Rabí, estamos todos apretándonos y discutiendo sobre el
ayuno y tú dices que quién te ha tocado?. Y Yehoshuah continuó
diciendo:
–¡Sí,
ya lo sé, pero alguien me ha agarrado de verdad y necesito saber quién
és!.
Entonces una mujer llamada María, del pueblo de Magdalá, salió de entre
el barullo y con miedo le dijo que ella le había tocado porque quería
hablar con él. Al verla temerosa Yehoshuah la calmó y apartándose del
barullo, la mujer empezó a contarle su historia y a pedirle consejo.
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