La delicadeza
que practiques no debe ser falsa. No es una máscara
que te colocas para impresionar a los demás. No
puedes llevar la delicadeza de esta forma. No es un
disfraz que te pones o te quitas cuando quieres. La
delicadeza no es algo que te pones para que los
demás digan:” Oh, qué persona más piadosa eres.
Debes de ser muy pura.”
La delicadeza
tampoco es una forma de atraer la simpatía de los
demás para manipular sus sentimientos o aprovecharte
de sus buenas intenciones. La delicadeza que debes
practicar no tiene nada que ver con una actitud
como:” pobre de mí”. Debes comprender una cosa de
Siddha Yoga: a Baba nunca le gustó esta actitud de
“pobre de mí”. Nunca. A él le gustaba que fuéramos
fuertes. Le gustaba que siguiéramos sus enseñanzas.
Y dejó muy claro que cuando seguíamos la actitud de
“pobre de mí”, le estábamos dando la espalda a algo
más elevado, a algo mucho más beneficioso que el
sentir lástima por uno mismo.
La cualidad
divina de la delicadeza no tiene nada de flácido. En
su auténtica forma, la delicadeza adorna tu corazón
y permite que la llama de Dios brille intensamente.
Revela la generosidad de Dios. Proclama el amor
incondicional de Dios hacia todo. Mejora la
atmósfera que te rodea y a todas las personas con
las que entras en contacto les da mayor esperanza y
fe en la humanidad.
¿Cómo puedes
distinguir entre la delicadeza y la falsa humildad?.
Es muy simple: por la forma en que cada una de ellas
hace que te sientas. Hay algo en la vacía afectación
sumisa que te hace sentir incómodo, mientras que la
delicadeza crea entusiasmo. La auténtica delicadeza
da lugar a grandes virtudes. Es muy importante hacer
esta distinción. De lo contrario, la delicadeza se
convierte en otro ropaje para la hipocresía y la
vanidad y esto le acaba dando a la vida espiritual
una reputación muy cuestionable. Hace que el camino
hacia Dios parezca el último refugio para la gente
que no es capaz de enfrentarse a los retos del
mundo.
Del libro
“Llénate de entusiasmo” de Gurumay, pag 156